Amar es un arte que se aprende, no una suerte que ocurre
30 de julio de 2026
30 de julio de 2026
Casi todo el mundo trata el amor como un problema de suerte y de mercado. Se pregunta cómo ser más amable —más exitoso, más atractivo, más solvente— y da por hecho que amar no requiere aprendizaje alguno. El tomo que Comprende la Psicología dedica a Erich Fromm empieza justo ahí, con una cita de El arte de amar que sigue siendo incómoda:
«Requiere esfuerzo y sabiduría. ¿O acaso el amor es una sensación agradable, algo con lo que se tropieza, una cuestión de suerte? Esta obra contempla la primera hipótesis, mientras que está fuera de duda que hoy se cree en la segunda»
El tema se estructura sobre dos giros que el tomo formula con precisión.
El primero va de ser amado a la capacidad de amar. Quien colecciona méritos —éxito, dinero, poder, belleza— para volverse amable está trabajando en el problema equivocado, porque está entrenando su atractivo y no su capacidad.
El segundo va del objeto al verbo: «Debemos pasar del objeto "amor" al verbo "amar"». La pregunta deja de ser a quién y pasa a ser cómo.
Y de ahí la definición operativa: «el amor es un sentimiento activo, no pasivo; es una conquista, no una rendición. Su carácter activo puede sintetizarse en el concepto de que amor es sobre todo dar y no recibir».
Con una precisión importante: dar no es solo material. «Podemos dar también aspectos de nosotros mismos». Y el dar desata lo que el tomo llama un «mecanismo virtuoso» que se expande.
El tomo apoya la definición en cuatro elementos: la atención, el respeto, la responsabilidad y el conocimiento.
Lo interesante es que funcionan como criterios de verificación de cualquier vínculo, no solo del romántico. Y se verifican mejor por su ausencia:
Cualquiera que dirija, forme o acompañe a otros puede pasar sus vínculos profesionales por esos cuatro filtros y obtener un diagnóstico bastante rápido.
El tomo describe una génesis con dos funciones que después quedan dentro de la persona adulta.
«La madre es para el hijo una fuente infinita de amor incondicional, lo ama tal como es, solo porque existe»; ese «soy amado» es «la condición esencial» para aprender a amar. El padre, en cambio, «ama poniendo condiciones… introduce el sentido de límite, de su mesura y de las reglas», y funciona «como un puente que une el hijo con la sociedad».
El tránsito lo resume una fórmula excelente: «la infancia sigue el principio de "amo porque soy amado", mientras que la edad adulta se rige por el de "soy amado porque amo"».
Y la madurez, dice el tomo, integra ambas conciencias —integración que «está en la base de un desarrollo sano y completo del hombre» y que casa «la razón y el sentimiento».
Leídas como funciones internas del adulto, estas dos conciencias anticipan una teoría de la autoestima: quien solo internalizó la conciencia condicional se ama únicamente cuando rinde. Es una descripción bastante exacta de mucha gente de alto desempeño.
«Amar es un acto social», sostiene el tomo, con cinco formas que suenan «como los instrumentos de una orquesta»:
El criterio común es direccional: el amor expande hacia la vida; sus falsificaciones encierran —en posesión, en autocomplacencia, en exclusión—.
El tramo más político del tema es el que describe lo que el tomo llama «una silenciosa desintegración del amor» bajo la lógica de mercado, que «reduce sus capacidades a un mero objeto de intercambio».
Sus figuras son reconocibles:
La primera merece un comentario, porque se confunde con intimidad más que ninguna otra: la alianza de dos contra el mundo parece cercanía, pero puede ser miedo compartido. Se sostiene por la amenaza externa, no por el vínculo. Cuando la amenaza baja, no queda nada.
Y el diagnóstico de fondo que hace el tomo: «La desintegración del amor llevada a cabo por el mundo capitalista no está separada de la desintegración del yo, sino que es su trágico epílogo».
Y un límite de alcance: nada de esto es consejo de pareja ni material clínico.
Lo que hace este tema utilizable, y no solo bello, es que el tomo ofrece un criterio verificable. Es una sola frase de El arte de amar, y sirve para cualquier vínculo —de pareja, de familia, de equipo, de mentoría—:
«Solo hay una prueba que demuestre la presencia del amor: la profundidad de las relaciones y la vitalidad y la fuerza en cada uno de los individuos»
Nótese lo que exige: las dos cosas a la vez. Profundidad del vínculo y vitalidad de cada uno. Un vínculo muy profundo que deja a sus integrantes disminuidos no pasa la prueba. Y dos personas muy vitales que no se tocan, tampoco.
Es un criterio exigente y, a diferencia de casi todo lo que se dice sobre el amor, se puede aplicar sin preguntarle a nadie cómo se siente.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Erich Fromm. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Erich Fromm es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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