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Das por hecho que el otro sabe lo que tú sabes

9 de agosto de 2026

Explicaste la estrategia completa. Tenías el material ordenado, los números a la mano, veinte años de oficio detrás de cada afirmación. Y al terminar, la mitad de la sala se quedó afuera. No porque el contenido fuera malo: porque diste por sabidas tres cosas que para ti son aire y para ellos no existen.

Nos pasa a todos y casi nunca lo vemos, porque el punto ciego es justamente ese: lo que uno sabe deja de parecerle conocimiento y empieza a parecerle realidad.

La mente empieza centrada en sí misma, y no por vicio

El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Jean Piaget presenta la mente humana como egocéntrica de origen, y conviene subrayar de entrada que ahí egocéntrico no tiene carga moral: describe una estructura, no un carácter.

El punto de partida es el «egocentrismo radical» del recién nacido, «marcado por la falta de conciencia de sí mismo y de los demás». No hay todavía un yo separado de un mundo. El bebé, dice el tomo, «solo tiene un eterno presente. Cree que el mundo depende de él».

El primer descentramiento llega con la permanencia del objeto. Para el lactante, «la falta de percepción sensorial corresponde a una especie de "cese de la existencia"»: lo que no se ve, se acabó. Conquistar que «los objetos continúan existiendo aunque no se puedan ver» trae de golpe dos noticias: las cosas persisten, y la realidad no depende de mí. El tomo lo formula con una frase que vale para cualquier aprendizaje: «Las informaciones que se dan por sentadas en los adultos, son grandes logros para un niño».

El experimento que hizo visible el problema

Entre los dos y los seis o siete años aparece lo que el tomo llama egocentrismo intelectual, una evolución «del más rígido egocentrismo radical de los primeros periodos de vida». Ya hay otros. Lo que todavía no hay es la sospecha de que esos otros vean algo distinto. La definición del tomo es escueta: «Falta de conciencia de la existencia de puntos de vista diferentes a los propios». El niño «cree que los demás conocen lo que él sabe».

El experimento de las tres montañas lo vuelve observable. Una maqueta con tres montañas, un muñeco colocado al otro lado, fotografías tomadas desde varios ángulos, y la pregunta de cuál de ellas corresponde a lo que el muñeco ve. Los niños de dos a seis años, relata el tomo, «están convencidos de que el muñeco ve las montañas exactamente de la misma manera».

No es que no quieran ponerse en el lugar del otro. Es que la mente todavía no sostiene dos puntos de vista a la vez. Y la distinción entre no querer y no poder cambia por completo lo que uno hace después.

Cuando el yo se proyecta sobre el mundo entero

Del mismo centro sale, según el tomo, la tríada mágica de esa edad. El animismo, «tendencia a atribuirle un alma a los objetos», con el ejemplo del sol que «se va debido al mal tiempo y porque no quiere mojarse». El artificialismo, que da por hecho que todo lo hizo alguien. Y el finalismo, que supone que todo tiene un propósito. Los tres, advierte el tomo, «se funden en los discursos de los niños»: no vienen separados ni por turnos.

El resultado es un mundo «donde todo tiene un alma y un objetivo, y donde todo gira alrededor del hombre». Antes de la causalidad hay narrativa: la primera teoría del mundo es una historia con personajes e intenciones.

La corrección que salva a la teoría de sí misma

El propio tomo cierra el tema desmontando en parte lo anterior, y esa honestidad es lo más aprovechable de todo el material. Hacia los ocho o nueve años el niño empieza a considerar puntos de vista distintos del propio. Pero Martin Hughes rehízo el experimento con materiales más significativos para un niño —policías y niños que se esconden— y encontró que «la incapacidad de tener en cuenta el punto de vista de los demás se puede superar antes de los 8 años».

Es decir: buena parte del egocentrismo que se estaba midiendo no era incapacidad del niño, sino dificultad de la tarea. Las montañas no le decían nada. El escondite sí.

Cinco cosas que este material no dice

  • Egocentrismo no es egoísmo. En el tomo es una limitación estructural y normal de una etapa, no un defecto de carácter ni una patología. Usar la palabra como reproche traiciona el concepto.
  • Los ocho o nueve años no son una frontera dura. El propio tomo recoge que Hughes la desmintió cambiando el material. Los cortes de edad son orientación, no ley.
  • El pensamiento mágico no es un error que extirpar. El tomo lo presenta como el modo serio en que esa estructura explica el mundo con lo que tiene.
  • No hay egocentrismo adulto en el texto. El tomo describe niños. Todo lo que digamos de adultos —incluido lo que sigue— es analogía nuestra, no hallazgo suyo.
  • El tomo no aporta protocolo ni datos. Describe el fenómeno con ejemplos domésticos y un experimento, y no aborda la variación cultural.

Qué hacemos con esto en el acompañamiento

Lo que sigue es traslado nuestro, no contenido del tomo, y conviene decirlo porque es exactamente el punto donde la analogía puede estirarse de más.

El egocentrismo del experto. Es la versión adulta del niño que cuenta la historia omitiendo lo que su interlocutor ignora. Antes de explicar algo importante, hazte la pregunta de las omisiones: ¿qué estoy dando por sabido que esta persona no tiene por qué saber? Casi siempre son tres o cuatro cosas, y casi siempre son las que sostienen el resto.

Las tres montañas aplicadas a una decisión. Antes de cerrar, describe la situación completa desde la silla del cliente, del socio y de quien va a ejecutarla. No como ejercicio de empatía, sino como comprobación: si no puedes formular su versión de los hechos sin caricaturizarla, todavía no la entendiste.

La lección de Hughes, que es la más útil. Antes de concluir que alguien no puede, cambia el material y cambia la pregunta. Mucho de lo que registramos como incapacidad —de un colaborador, de un cliente, de un alumno— es una tarea mal planteada. La prueba es barata y la conclusión contraria es cara.

Y queda un último uso, más fino. Cuando en un conflicto cada parte está convencida de que su vista de la montaña es la montaña, el problema ya no se resuelve aportando más datos. Se resuelve moviendo a alguien de silla.

Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Jean Piaget. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Jean Piaget es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.

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