El error sube contigo
23 de agosto de 2026
23 de agosto de 2026
La versión que usted le subió a su jefe. El pedido de Zapopan salió con la especificación anterior. El cliente mandó el cambio tarde, el sistema no lo registró, ya se está reponiendo. Costo estimado, cuarenta mil pesos y once días.
Lo que ocurrió fue esto otro. El cliente mandó el cambio el jueves a mediodía. Su coordinador lo leyó, calculó que alcanzaba a meterlo el lunes y no lo escribió en ningún lado. El viernes se fue de puente. Usted se enteró el martes, cuando el pedido ya iba en la caja. Y usted había pedido tres veces, en tres juntas distintas, que los cambios de especificación se registraran el mismo día.
La distancia entre las dos versiones no la decidió el coordinador. La decidió usted, en noventa segundos, en el pasillo, antes de marcarle a su jefe.
Casi todo lo que se escribe sobre errores y cultura organizacional le habla al de arriba: al dueño que no se entera, al director que castiga al mensajero. Este texto no.
Este le habla a usted, que tiene un jefe, que acaba de enterarse de que su gente falló, y que tiene que subirlo a alguien que sí puede cobrárselo. Su problema no es abstracto ni cultural. Es de redacción, y tiene que resolverlo hoy.
Que hay que admitir y corregir ya está dicho: una organización sana no es la que no falla, es la que se recupera rápido, y eso está publicado en sí es posible una cultura saludable. Y está dicho más duro en los valores no son ideales —«si dices que valoras la transparencia, pero premias a quien oculta errores para que “no escale el problema”, entonces ese no es tu valor»—. Los dos son verdad y los dos se dicen en abstracto. Ninguno le dice qué frase sale de su boca cuando el otro contesta el teléfono. Eso es lo que falta.
Cuando marca ese teléfono, tiene tres opciones reales y las tres son defendibles.
La primera es la verdad con nombre: pasó esto, lo dejó pasar Fulano. Es exacta y es la que su jefe pidió si preguntó «¿y quién fue?». Compra que usted quede limpio hoy. Cuesta que Fulano se entere, tarde o temprano, de que su nombre subió antes que el suyo, y a partir de ahí usted deja de enterarse de los errores chicos.
La segunda es la versión sin nadie: hubo una falla de proceso, el sistema no registró el cambio. Es la más común porque parece la más generosa. No lo es. Un proceso sin dueño no se arregla: nadie sale de esa llamada con el encargo de corregirlo, porque el reporte no dijo quién iba a hacerlo ni desde cuándo. Nadie aprende nada, y usted acaba de enseñarle a su equipo que los errores se disuelven, lo cual le va a costar el mismo error otra vez.
La tercera empieza por su parte y nombra una sola cosa concreta que usted no hizo. No «yo soy el responsable del área», que es una fórmula y todo el mundo la reconoce. Una cosa: pedí tres veces que se registraran los cambios el mismo día y nunca revisé si el registro existía.
Y hay que decirlo con todas sus letras, porque la diferencia es toda: la tercera versión no consiste en cargar con el error del otro. Consiste en nombrar primero una omisión suya que de verdad existió. Si al repasarlo no encuentra ninguna —si de verdad no había nada que usted debiera haber hecho y no hizo—, entonces la tercera versión no le aplica, y fingirla es peor que la primera.
Aquí es donde casi todo el mundo se detiene, y por eso casi nadie cobra lo que la tercera versión paga. Su coordinador no oyó la llamada. Lo único que va a saber de lo que usted dijo es lo que usted le diga cuando cuelgue.
Son dos frases y las dos son obligatorias, en este orden. La primera: le tocaba registrar el cambio el mismo día y no lo registró. La segunda: a usted le tocaba revisar que ese registro existiera y tampoco lo hizo, y eso ya subió con su nombre.
La primera sola es una regañada con vocabulario nuevo. La segunda sola lo deja igual de expuesto el mes que entra, y encima agradecido. Juntas le informan que el error entró completo al sistema y que ninguna de las dos partes se administró. Ese es el momento en que él aprende qué cuesta aquí traer un problema. No la llamada.
Cuente cuánto le costaron los últimos tres errores de los que se enteró tarde y divida entre los días de retraso. Ese número es lo que está comprando.
El mecanismo está descrito con una precisión rara en Leadership and Self-Deception, del Arbinger Institute, en su capítulo sobre excusas y reparto de culpa. Una abogada en su cuarto año —el año en que un error puede costarle la sociedad— descubre que el análisis que su equipo entregó al cliente está mal porque el colaborador a su cargo no revisó una actualización de la ley. El error material lo cometió él, y ella tiene todas las razones para decirlo.
Llama al socio a cargo y dice que ella cometió un error, que la ley cambió y se le pasó, y que la estrategia está mal. En toda la llamada no lo culpó ni una vez. Cuando él intenta corregirla, ella no lo absuelve. Le dice que es cierto, que debió revisarlo. Y añade lo suyo, que es específico: varias veces durante el proceso pensó en recordárselo y no lo hizo, y si lo hubiera hecho no estarían ahí. Tú te equivocaste, y yo también.
Y lo que él cuenta después es el dato operativo, no la moraleja: al reconocer ella su parte pequeña, él se sintió mil veces más dispuesto a hacerse cargo de la suya, que era mucho más grande.
Ese es todo el mecanismo, y no tiene nada de generoso. Lo que yo he visto en consultoría es esto: la culpa que se reparte casi toda hacia el otro deja a un colaborador defendiéndose, porque le queda margen para discutir el reparto; la culpa que el jefe se lleva entera deja a un colaborador aliviado, que tampoco corrige nada, porque ya no le queda nada suyo que corregir. La porción propia, dicha primero y con nombre de cosa concreta, es lo único que no deja al otro con qué discutir ni con qué desentenderse.
El mismo libro explica el reverso en otro capítulo: cada vez que culpamos a alguien, necesitamos que sea culpable. Y quien necesita que su coordinador sea el culpable no va a poder revisar el proceso, porque el proceso funcionando le quita la razón.
La abogada del caso podía culparlo y habría quedado perfectamente justificada. No lo hizo, y el libro anota por qué: no necesitaba estar justificada. No le daba miedo quedar definida por un error ni andaba ocupada protegiendo su imagen.
Ahí está el asunto completo. En la Triqueta, el estar es el eje sobre el que giran el ser, el hacer y el tener, y no un elemento más de la lista. Lo que usted haga en el teléfono es hacer, y cabe entero en esos noventa segundos; pero lo que decide cuál de las tres versiones sale de su boca no se resolvió ahí. Se resolvió mucho antes, en dónde estaba usted parado cuando le dijeron que el pedido salió mal. El que llega a esa llamada sin poder permitirse un error propio dice un nombre. Ya escribí que el repertorio solo funciona en quien no lo necesita, y aquí se ve en su versión más barata de comprobar. Y no lo dice por malo: lo dice porque en ese pasillo lo que tiene enfrente no es un pedido de cuarenta mil pesos, es él mismo.
Y el tener, aquí, no es una abstracción: es un número. Es la cantidad de días que tarda un error en llegarle. Esa cifra sube o baja según dónde estuvo usted parado en el pasillo, y es lo único de todo esto que se puede medir sin preguntarle a nadie cómo se siente.
No le voy a vender esto como si fuera gratis, porque no lo es.
Su jefe se queda con un dato: usted comete errores. Ese dato no se borra y, si su jefe lleva marcador, acaba de anotarle uno. Durante algunas semanas va a ser el del pedido de Zapopan. Si su jefe es de los que necesitan un nombre para cerrar el tema, se lo va a volver a pedir, y va a tener que sostener la versión más de una vez.
Eso es el costo. Y es real.
Lo que compra no es reputación ni buen ambiente. Es tiempo: la diferencia entre enterarse el día uno y enterarse cuando el pedido ya va en la caja. En la escena de arriba fueron cinco días.
No lo va a compensar la primera vez. Ni la segunda. Su jefe se queda con el dato, su coordinador se queda con la instrucción, y usted se queda con la cuenta abierta hasta que el sistema empiece a devolverle días. Ese es el trato entero, y no trae garantía.
Fuente: el caso de la supervisora que asume ante el socio a cargo un error cometido por el abogado a su cargo, su reconocimiento de una contribución propia específica y la observación de que no necesitaba estar justificada provienen de Leadership and Self-Deception, del Arbinger Institute, cuarta edición revisada, capítulo 19 «Excuses & Blame»; la formulación de que quien culpa necesita que el otro sea culpable es del capítulo 22 «Collusion». Las traducciones son propias y los nombres se omiten deliberadamente, aunque el libro los publique: son personajes de una narración, no un caso real. El pedido que abre el texto es una composición de casos de consultoría, sin correspondencia con ninguna empresa identificable. Las tres versiones de la llamada, el contraste entre nombrar una omisión concreta y recitar la fórmula de responsabilidad de área, las dos frases que van hacia abajo después de colgar, la lectura de por qué la culpa a medias y la culpa entera fallan igual, el cálculo del precio y la lectura desde la Autoestima Empresarial® son elaboración propia y no forman parte del texto original. Esta pieza es material de reflexión, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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