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En cuanto alguien te estorba, deja de ser una persona

27 de agosto de 2026

En la junta del lunes alguien dice los de compras, otra vez y nadie corrige la frase. No hay ahí un nombre, ni una persona que llegó tarde a firmar porque su hijo amaneció con fiebre: hay una etiqueta, los de compras, y contra una etiqueta se puede presionar, posponer o hasta mentir un poco sin que nada pese de verdad. Pasa lo mismo con el cliente que nunca queda contento o la competencia: bloques sin cara que uno empuja, culpa o ignora con una ligereza que jamás usaría con alguien a quien ve como persona completa.

No es maldad. Es más simple y más común: cuando algo te estorba, la mente deja de hacer el esfuerzo de ver a esa persona entera —con su historia, su miedo, su versión de los hechos— y la reduce a la función que cumple en tu problema. El resultado es que se puede hacer daño real sin sentir que se hizo daño. El primer paso de cualquier compasión hacia afuera no es sentir más: es dejar de tratar a alguien como si no tuviera sentimientos propios.

El trance de convertir a alguien en «otro»

Tara Brach, en Aceptación Radical, nombra este mecanismo con precisión: «el trance del otro irreal». Y lo define así: «Cuando estamos atrapados en nuestro propio drama, que está centrado en nosotros mismos, todos los demás se convierten en «otros» para nosotros.» No hace falta odiar a alguien para caer en el trance. Basta con estar tan metido en tu propia urgencia —tu queja, tu cierre de mes, tu prisa— que la otra persona deje de aparecer como alguien con una vida entera detrás y empiece a aparecer solo como obstáculo, recurso o excusa.

De dónde sale el trance

El libro es concreto sobre la consecuencia de este mecanismo, y no es menor: «Cuando alguien se ha convertido un «otro» irreal, perdemos de vista su dolor. Como no lo concebimos como ser con sentimientos, no solo no le hacemos caso, sino que podemos causarle dolor sin cargo de conciencia.» Para nombrar exactamente qué se pierde ahí, el libro cita a Krishnamurti: «prestar atención significa que algo nos importa, lo que significa a su vez que amamos de verdad». El trance, entonces, no es solo distancia emocional: es una forma muy concreta de dejar de prestar atención.

Y esta capacidad de ver a alguien como real no es un rasgo de personalidad con el que se nace, sino algo que se entrena. El libro cita el caso de Gandhi, que atribuía su propia falta de odio, explícitamente, a «largo tiempo de disciplina y oración». El material lo ilustra sobre todo con el extraño o el rival declarado, pero la misma mecánica —reducir a alguien a la función que cumple en tu problema— opera igual de fácil con el compañero de equipo que te cansa o el cliente que llama por tercera vez esta semana: no hace falta que sea un desconocido para dejar de verlo entero.

La pregunta que rompe el trance

Brach cuenta la historia de un monje que le pregunta a un sabio, el padre Theophane, cómo debe comportarse con los huéspedes de su monasterio. La respuesta es una sola pregunta, y hace todo el trabajo: «—Ah, ya veo —respondió el sabio—. Entonces la pregunta que le doy es: ¿Qué necesitan de verdad?» Es minúscula y obliga a mirar a la persona, no a la categoría que ocupa en tu cabeza.

El libro describe también una práctica formal —de origen budista tibetano, como el tonglen con el que cierra ese mismo capítulo— para entrenar esto: una meditación de compasión en círculos concéntricos que empieza en quienes más aprecias y se va abriendo hasta «los de aquellas cuyo trato nos resulta difícil». No hace falta reproducir el guion completo para entender su lógica ni su efecto: una practicante citada en el libro, tras entrenar deliberadamente ver a los demás como reales, reporta un cambio que se siente en el cuerpo, no solo en la idea: «—Cuanto más reales son para mí, más real y más cálida y más viva me siento yo misma —me dijo Vicki—. Siento una intimidad en el mero hecho común de ser humanos.»

Lo que este material no dice

Ver a alguien como persona completa no es lo mismo que aprobar lo que hace. El propio libro no resuelve una pregunta que deja abierta: humanizar a alguien que causó daño real —una discriminación, una negligencia, una injusticia concreta— no exime de la exigencia de reparación hacia quien fue dañado. La compasión mira a la persona detrás del acto; no borra el acto. Confundir las dos cosas es la deformación más fácil de cometer con esta idea, y conviene decirlo sin rodeos: que alguien sea real no significa que su conducta quede absuelta.

El libro tampoco explica qué pasa cuando el tránsito de la compasión hacia uno mismo a la compasión hacia los demás no ocurre solo: da por hecho que uno conduce al otro. Se apoya, para sostener sus tesis, en casos reales de la consulta clínica de la autora, algunos de trauma severo, que aquí no vamos a narrar ni parafrasear: no aportan nada al lector y no son nuestros para contarlos. Y las prácticas formales que menciona —el tonglen y la meditación de bondad amorosa o metta, ambas de raíz budista— llevan, en el propio texto, una salvedad explícita: no se recomiendan sin acompañamiento cuando hay de por medio abuso, depresión severa o un desequilibrio emocional importante. Lo mismo vale para cualquier práctica de este tipo que decidas probar: esto es divulgación, no sustituye acompañamiento profesional, y menos si hay historial de trauma.

Qué hacemos con esto en el acompañamiento

Lo que sigue es traslado nuestro, no contenido del libro.

Cuando en una reunión alguien nombra a un bloque en vez de a una personalos de compras, el cliente, recursos humanos— detente y pregunta de quién se está hablando, con nombre. No para suavizar la crítica: para que la decisión que se tome después sea sobre alguien real, no sobre una categoría cómoda de culpar.

Antes de una conversación que anticipas difícil, usa una versión propia de la pregunta del padre Theophane: ¿qué necesita de verdad esta persona ahora mismo, además de lo que me está pidiendo? No siempre cambia lo que decides. Casi siempre cambia el tono con el que lo decides, y eso ya cambia la conversación entera.

Y si diriges equipo, revisa tu propio lenguaje sobre la gente difícil. El libro cierra su capítulo sobre relaciones con un protocolo de diálogo consciente de varios pasos que no vamos a reproducir aquí; tomamos solo su idea de arranque, adaptada por nosotros: entrar a una conversación difícil con la intención declarada de estar presente, no de ganarla. Es aplicación nuestra, no instrucción del libro.

Fuente: Aceptación Radical (Tara Brach; GAIA Ediciones, 2013, ISBN 978-84-8445-505-9; traducción de Alejandro Pareja). A diferencia de los tomos de Comprende la Psicología, este es un texto primario escrito por la propia autora: lo que aquí se le atribuye a Tara Brach es su propia voz, citada de forma breve y siempre atribuida — nunca reproducción extensa, por los derechos vigentes de la autora, la editorial y la traducción. Los traslados al acompañamiento y a la empresa son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del libro. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.

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