La angustia no es el problema: es el aviso
13 de agosto de 2026
13 de agosto de 2026
Aparece la incomodidad y lo primero que hacemos es apagarla. Una notificación, una copa, una junta más, cualquier cosa. Funciona: la sensación baja. Y a las pocas horas vuelve, idéntica, porque nadie leyó lo que venía a decir.
El material que sigue propone una economía distinta, y es la que más rinde en el trabajo con adultos: lo que sentimos no se elimina, se administra.
El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Sigmund Freud describe la psique como «un sistema bioenergético complejo que tiende, de manera constante, a crear y, sobre todo, a mantener el equilibrio» sin alcanzarlo del todo. Las pulsiones son «un concepto que se halla en el límite entre el cuerpo y la mente», y su rasgo decisivo es que «no están determinadas por sus efectos»: se pueden desviar, redirigir o aplazar.
De ahí sale la observación que ordena todo lo demás. Las defensas «solo neutralizan la representación (es decir, la forma) de ciertas peticiones, no su energía pulsional». La energía sigue ahí. Solo cambió de traje.
Y la consecuencia es esperanzadora: «Basta con cambiar la forma para que una pulsión, por muy intensa que sea, se convierta en algo asumible». No hace falta dejar de sentir. Hace falta encontrarle una forma que se pueda sostener.
El primer instrumento es el tiempo. El principio de placer busca satisfacción inmediata y «no tiene en cuenta las circunstancias, las oportunidades o la conveniencia»; es el régimen del recién nacido que «berrea hasta que recibe su comida». El principio de realidad, que se aprende, «sugiere la posibilidad de tolerar una frustración temporal en aras de una mayor satisfacción».
El tomo lo formula sin moralina, y ese matiz importa: «Obedecer el principio de la realidad no anula el deseo; simplemente se lo posterga», a cambio de una satisfacción «mucho más sustancial y duradera». Postergar no es renunciar. Y el error contrario también existe: el principio de placer nunca se retira, y el tomo recuerda que la represión cultural excesiva de 1908 fabricaba desequilibrios psíquicos por su cuenta.
Desde 1920 el tomo organiza el campo con dos pulsiones. Eros, «presión creativa y constructiva, una voluntad de ir más allá y establecer relaciones». Y Tánatos, que «se esfuerza por sembrar la discordia y destruir cualquier lazo». La mente es «un campo de batalla» donde «la lucha será eterna y sin un vencedor claro», y ese choque «explica la variedad de los fenómenos vitales».
Lo interesante para quien acompaña es que el tomo no manda extirpar la segunda. Al contrario: se pregunta cuántas veces hace falta recurrir a una dosis de agresividad controlada, con una sola condición: «es preciso que Eros controle la pulsión de muerte». La agresividad al servicio del vínculo es herramienta. Suelta, es otra cosa.
La angustia cambia de estatuto en el modelo: deja de ser un síntoma pasivo y pasa a ser «una señal que desencadena los mecanismos de defensa a los que recurre el yo para protegerse». En palabras del tomo, «deja de ser una reacción pasiva y pasa a convertirse en una actividad real de la mente». La imagen que usa es exacta: es «el funcionario de la embajada que comunica al yo una amenaza inminente».
Y suena igual ante amenazas reales o imaginarias, vengan del interior o del mundo. Por eso apagar la señal sin leer el mensaje deja el conflicto intacto.
Quienes responden a la alarma son las defensas: «Operaciones automáticas e inconscientes» que el tomo considera sanas por defecto —«una medida que nos permite afrontar con mayor seguridad nuestro quehacer cotidiano y vivir mejor»— y problemáticas solo cuando se manifiestan «con una rigidez y una severidad excesivas». El tomo detalla cuatro: la remoción, cuyo material vuelve «como lapsus, actos fallidos o sueños»; la proyección, que dice «ese pensamiento no es mío, sino tuyo»; la formación reactiva, que convierte «un contenido inaceptable en su contrario»; y la sublimación, que desplaza el objeto «a un área social y moralmente aceptable».
El detalle que más se usa en acompañamiento: el mecanismo preferido «llega a convertirse en un hábito que se integra en la personalidad». Lo que llamamos carácter es, en buena parte, un historial de defensas que se quedaron.
La sublimación es, para el tomo, «uno de los mecanismos de defensa más útiles y eficaces», origen de «la creación artística, la investigación científica o el deporte». Y llega a decir que «De todos los mecanismos de defensa, el arte sea quizá el mejor, ya que su efecto sublimatorio constituye una auténtica terapia».
La fórmula con la que cierra vale para cualquiera que dirija algo: «el vencimiento de las propias pasiones en beneficio de una misión a la que se ha consagrado». No es represión. Es destino elegido para una energía que de todos modos iba a salir.
Lo que sigue es traslado nuestro.
Cambia la pregunta. No cómo elimino esto que siento, sino qué forma aceptable puede tomar. Es una diferencia pequeña en la frase y enorme en lo que ocurre después: la primera lleva a pelear con uno mismo, la segunda a buscar un canal.
Protocolo de tres pasos para la alarma. Cuando aparezca la angustia: de qué me avisa, si la amenaza es del mundo o de mi juez interno, y qué respuesta decido. En ese orden. Apagar antes de leer es lo que garantiza que vuelva.
Reconcilia al que dirige con su agresividad sana. Negociar, competir, poner un precio, sostener un límite. Nada de eso necesita disculpa mientras esté al servicio del vínculo y del proyecto. La imagen del Moisés de Miguel Ángel que el tomo comenta —la ira contenida al servicio de una misión— explica mejor eso que cualquier curso de asertividad.
Y queda una defensa del descanso, del humor y del juego que no suele hacerse con estos argumentos. Si la energía va a salir de todos modos, tener canales legítimos no es tiempo perdido: es infraestructura.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Sigmund Freud. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Sigmund Freud es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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