La persona que funciona bien: cuando adaptarse es el síntoma
30 de julio de 2026
30 de julio de 2026
Hay un perfil que casi nunca pide ayuda. Cumple, rinde, llega a tiempo, cae bien. En la evaluación de desempeño no tiene una sola observación. Y sin embargo, cuando la conversación se alarga lo suficiente, aparece una frase con muchas variantes: «no sé bien qué quiero», «hago lo que se espera», «si dejara de rendir, no sé qué quedaría».
Quien acompaña personas descubre tarde o temprano que funcionar bien no es un indicador de salud. A veces es exactamente el síntoma.
El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Donald Winnicott plantea que salud y enfermedad mental «se colocan a lo largo de un continuo», y que aquello que él llamó falso Self «se puede encontrar en todos nosotros, de una manera más o menos matizada». No es un diagnóstico que unos tienen y otros no: es un gradiente en el que todos ocupamos algún punto.
Del lado del verdadero Self está lo que el tomo describe como «el núcleo real y auténtico del individuo»: su capacidad creativa y la expresión sincera de su identidad. No es algo dado de una vez. Existe primero como potencial, y solo se realiza si el entorno «permite que sus potenciales innatos se expresen de manera espontánea».
El falso Self, en cambio, es «una creación psicológica que refleja la voluntad de esconder el verdadero Self». Conviene subrayar lo que no es: no es una mentira deliberada ni una hipocresía. El tomo lo presenta como una defensa organizada, montada frente a un entorno que no devolvió lo que hacía falta.
La génesis que describe el tomo es relacional. Cuando quien cuida no reconoce las necesidades reales, «acaba por pedirle al niño que se adapte a ella», y al niño le queda «una única posibilidad para existir: la de adaptarse». La frase que resume el mecanismo es dura: «el niño aprende a convertirse en lo que quieren los demás».
Hay una imagen precisa para el momento en que esto se instala. Muchos lactantes, dice el tomo, «viven la experiencia de ver que no se les devuelve lo que ellos dan: miran y no son vistos». El niño entonces mirará el espejo «en lugar de encontrarse a sí mismo en el espejo».
Y hay un detalle que a quien acompaña le conviene tener presente: la cadena no se detiene en casa. Familia, escuela y sociedad valorizan la capacidad de adaptación del niño complaciente. Es decir, el entorno premia exactamente aquello que lo enferma.
Aquí está lo que vuelve este concepto tan útil —y tan incómodo— para cualquiera que trabaje con personas. El tomo lo dice sin rodeos: el conformismo forzoso no crea problemas visibles ni produce síntomas. La persona vive «en una jaula vacía sin saber expresar su propio malestar y sin que esto sea visible para los demás».
Traducido a la práctica: si esperas un síntoma visible para intervenir, este caso no va a llegarte nunca. El adulto que sostiene esta organización vive «a la merced del juicio y de la aprobación de los demás», y el tomo le presta una voz: «No aprecian lo que soy realmente, sino lo que les muestro».
Lo más operativo del concepto es que no es binario. El tomo describe cinco organizaciones, de menor a mayor gravedad:
A mayor gravedad, más energía hace falta para sostenerlo, menos flexibilidad queda, más rigidez y más sufrimiento. Esa es la variable observable: cuánto cuesta sostener la fachada.
La pregunta útil, entonces, no es «¿esta persona tiene falso Self?» —la respuesta siempre es sí, en algún grado—, sino en qué punto del gradiente está y cuánto acceso conserva a lo propio.
El tomo ofrece un indicador que no depende de la introspección. Opone la complacencia —adaptación pasiva a la realidad externa— a lo que llama apercepción creativa: «vivir el mundo poniendo un pedazo de uno mismo».
Quien conserva salud «se mueve en una zona intermedia entre el sueño y la realidad» y mantiene la capacidad de jugar y de simbolizar. Los marcadores del polo grave son indirectos pero observables: pobreza simbólica y cultural, inquietud, necesidad de obstáculos externos para «llenar su tiempo».
Dicho de otro modo: la salud no es ausencia de máscara. Es que el verdadero Self siga teniendo acceso a la superficie.
En el diagnóstico: deja de esperar el síntoma y pregunta por el costo. «¿Cuánta energía te cuesta sostener el día?» abre más que «¿cómo te sientes?».
En la cultura de una organización: hay empresas que fabrican falso Self en serie, porque premian sistemáticamente la condescendencia y castigan la discrepancia. El agotamiento que producen no siempre es exceso de trabajo: puede ser el costo energético de sostener la máscara.
En la formación de talento: vigila el refuerzo perverso. Valorizar siempre al hijo, al alumno o al colaborador que se adapta sin fricción es entrenar precisamente ese mecanismo. Y conviene sospechar de la madurez precoz: el tomo señala que la tarea de la sociedad es «no permitir que los niños alcancen una falsa madurez».
Acompañar a alguien no siempre es ayudarle a funcionar mejor. A veces es lo contrario: es sostenerlo mientras deja de funcionar tan bien.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Donald Winnicott. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Donald Winnicott es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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