La pirámide que enseñas no está demostrada (y aun así sirve)
9 de agosto de 2026
9 de agosto de 2026
La pirámide se dibuja en el pizarrón y nadie la discute. Cinco pisos, una flecha hacia arriba, y la sensación cómoda de estar frente a un hecho establecido. Se usa para explicar por qué un colaborador no se motiva, por qué un cliente no compra, por qué alguien no persigue su propósito. Y funciona, en el sentido de que la gente asiente.
El problema aparece cuando alguien pregunta de dónde salió. Un modelo que se enseña como ley y se sostiene como intuición deja a quien lo enseña en mal lugar. Este material ofrece la salida, y no consiste en abandonarlo.
Lo distintivo del tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Abraham Maslow no es que exponga la pirámide, sino que la exponga con sus críticas incorporadas desde la introducción. Son dos, y son las canónicas.
La primera es sobre la forma. La disposición piramidal «corre el riesgo de enfatizar la jerarquía, atribuyendo un valor más o menos importante a cada una» de las necesidades, cuando —advierte el tomo— «no es posible subdividir por grados de "nobleza" una estructura tan compleja». Hoy, añade, «se mantiene que todas las necesidades identificadas por Maslow merecen una atribución análoga de valor». La pirámide es un orden de urgencia. La leemos como una escala de dignidad, y ahí empieza el daño: comer deja de ser tan noble como crear.
La segunda es sobre el estatuto, y el tomo la llama absolutamente compartida: «la teoría de Maslow se basa solo en consideraciones no verificadas experimentalmente». No es que la evidencia sea débil. Es que no hay.
El tomo enumera después los contraejemplos donde el orden no se cumple: el estudiante en exámenes, el cirujano en el quirófano, el enamoramiento, situaciones todas en las que las necesidades fisiológicas quedan anuladas por algo que está más arriba en el esquema. Su conclusión es que «postular una secuencia universal de necesidades podría resultar demasiado simplista, además de un forzamiento poco realista».
El tomo registra también los atenuantes del propio Maslow —él admitía excepciones, daba por sentadas las necesidades básicas en Occidente, reconocía que los valores y la historia personal alteran el orden— y señala dónde el modelo sí rinde: en situaciones de privación extrema «parece encontrar una mejor validez».
Las excepciones no destruyen la pirámide. La degradan de ley a tendencia. Que es exactamente lo que un modelo útil debería ser.
Hay una parte menos conocida y más interesante. A partir de 1960 Maslow reconoce necesidades que no encajan: libertad, curiosidad, conocimiento, belleza. Y las reconoce con una formulación fuerte: «no pueden ser solo instrumentos mentales para gratificar otras necesidades. Tienen que garantizarse como necesidades aparte, con una propia dignidad y autonomía».
El problema es que esas necesidades invierten el orden. El tomo lo ilustra con quienes sacrificaron seguridad y hasta la vida por conocimiento: Hipatia, Giordano Bruno, Galileo, Turing. Si el conocimiento o la belleza pueden más que la seguridad, la secuencia estricta pierde universalidad desde adentro. El propio tomo admite que no hay «una división clara entre estas necesidades y las anteriores», y que ni siquiera tienen ubicación en el gráfico.
La revisión que el tomo presenta es la de Douglas T. Kenrick, y es la parte más aprovechable para trabajar con gente. Conserva la forma piramidal y conserva la seguridad, la afiliación y la estima. Cambia dos piezas.
La primera: la pirámide ya no se compone de necesidades sucesivas «sino por necesidades que se superponen para coexistir». No es una escalera donde un peldaño se apaga cuando enciende el siguiente. Son capas simultáneas, activas todas a la vez con intensidades distintas.
La segunda es más radical: «La cima de la pirámide ya no es la autorrealización». En la versión de Kenrick la cima pasa a ser evolutiva —conseguir pareja, conservarla, criar a la prole— y la autorrealización queda subsumida en pertenencia, estima y paternidad.
El tomo aplica el mismo rigor al material más citado de Maslow. La investigación sobre personas autorrealizadas fue una empresa privada, de método declaradamente «poco científico», y sus resultados son «una rica y sugerente recopilación de impresiones», con una muestra que el propio autor seleccionó.
De ahí sale un riesgo de circularidad que conviene nombrar: se define como sanos a quienes encajan en un retrato construido observando a quienes ya se había considerado sanos.
Lo que sigue es traslado nuestro, no contenido del tomo.
Enseña el modelo con sus críticas puestas. Es más honesto y, en la práctica, más persuasivo: quien expone los límites de lo que enseña se distingue solo de la divulgación que repite el esquema como dogma. La pregunta ¿y esto está demostrado? deja de ser una amenaza cuando ya la respondiste tú.
Diagnostica con la versión de Kenrick, no con la escalera. Frente a un colaborador o un cliente, asumir varias necesidades activas a la vez describe mejor lo que pasa que buscar en qué peldaño está. Casi nadie está en un peldaño. La gente está sosteniendo tres cosas al mismo tiempo.
Y quédate con la frase que el tomo usa para defenderse. «Un poco de simplificación no puede hacernos daño». Es una buena regla para cualquier modelo propio: presentarlo como heurística fértil y falible, no como ley. Se gana más credibilidad por el matiz que por la contundencia, y se pierde muchísima menos cuando alguien encuentra la excepción.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Abraham Maslow. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Abraham Maslow es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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