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Mismo gesto, dos veredictos: qué mirar antes de etiquetar

5 de agosto de 2026

Un adolescente que en un año cambió de música, de amigos, de ídolos y de forma de hablar. Un colaborador que en tres meses dejó el azúcar y el alcohol, y ahora entrena a las cinco de la mañana. Un alumno que llega con la mochila ordenada al milímetro y la tarea entregada dos días antes. Un adulto que pasa las tardes imaginando la vida que no eligió.

En los cuatro casos alguien cercano se hace la misma pregunta: ¿esto es normal o ya es un problema? Y casi siempre la busca en el lugar equivocado, que es la conducta.

La misma conducta, dos veredictos

El tomo que Comprende la Psicología dedica a Anna Freud sostiene que la línea entre lo sano y lo enfermo es «una frontera muy tenue entre la patología y la normalidad, una linde apenas definida». Y añade algo que incomoda a cualquiera que trabaje con personas: nadie queda instalado del lado sano de forma definitiva.

El ejemplo con el que lo demuestra es la negación. En el niño, negar la realidad es un paso previo de la defensa y puede incluso protegerlo, porque «El pequeño puede distinguir la fantasía de la realidad; su negación actúa en el nivel emocional». El adulto que hace exactamente lo mismo, en cambio, «acaba por encontrar una gratificación en las alucinaciones y desarrolla una grave enfermedad psicótica».

Mismo gesto, veredicto opuesto. Lo que cambia no es el mecanismo, sino las condiciones en que se usa. Lo que el tomo sostiene es que el síntoma no está en la conducta, sino en su función y en su grado. De ahí se sigue una conclusión que el tomo no formula como tesis, pero que vuelve utilizable todo lo demás: no hay defensas sanas y defensas enfermas.

Las dos varas: el mundo y el núcleo

El tomo no deja el criterio flotando: ofrece dos medidas y hay que aplicar las dos a la vez.

La primera es la prueba de la realidad. Mientras la persona «es dueño y señor de sus fantasías» y distingue lo imaginado de lo real, la defensa es sana e incluso útil; cuando esa capacidad se pierde, la misma operación se vuelve enfermedad. Es un criterio de contacto con el mundo, no de contenido: no importa qué imagina, importa si sabe que lo está imaginando.

La segunda es el núcleo propio. Al describir la pubertad, el tomo plantea que la angustia del adolescente nace del terror del yo a quedar asfixiado por el ello, es decir, a perder su identidad. Las identificaciones en cadena —el chico que copia a un ídolo y a los tres meses a otro— son normales como ensayo. Cruzan la línea cuando ya no hay ensayo, sino una personalidad que se disuelve y otra que ocupa su lugar.

El tomo junta ambas varas en una sola frase: el ascetismo, la intelectualización y las identificaciones fugaces parecen normales mientras «no desliguen del mundo real ni disuelvan la personalidad individual». Dos condiciones simultáneas: que siga habiendo mundo y que siga habiendo alguien.

El sombrero que se volvió pluma estilográfica

Lo operativo del criterio es que obliga a leer función, no apariencia. El tomo recoge el caso de un hombre que de niño se aferraba al sombrero de su padre para conjurar la angustia de castración. Ya adulto, el sombrero «dejó paso a una pluma estilográfica» que llevaba siempre encima y que a nadie le pareció rara. Cambió el objeto al que se aferraba, no el terror: «la situación seguía siendo la misma». La conducta se volvió presentable. El mecanismo, no.

Ese principio invierte lo que solemos mirar en un niño. El tomo señala que en la enfermedad infantil el pequeño excesivamente cuidadoso puede ser el que preocupa, y el descuidado el que está sano: basta con que no ande midiéndose para que no haya motivo de alarma. Traducido a nuestro oficio: la conducta que más tranquiliza al adulto suele ser la que menos se examina.

El segundo principio operativo es grado, no tipo. Lo mismo que cura, en exceso enferma. La intelectualización es, dice el tomo, «una de las conquistas más necesarias del yo humano», y a la vez lo que desacopla el pensamiento de la acción. El ascetismo sostenido hasta el límite puede terminar en un cuadro catatónico. Y el yo que se blinda del todo gana una victoria que se paga con una personalidad rígida e inflexible.

Ninguno de esos rasgos es el enemigo. El problema es siempre el exceso y la fijación, nunca la presencia.

Lo que este criterio no puede hacer

  • No es un test. El tomo enuncia el principio, pero no lo operacionaliza: él mismo reconoce que la linde queda apenas definida. No hay umbrales medibles ni instrumento; se resuelve caso por caso, narrando.
  • Arrastra una circularidad. Conservar la personalidad presupone saber cuál es el núcleo propio, que es justamente lo que la patología pone en duda. El tomo no dice cómo se identifica ese núcleo desde fuera.
  • Los veredictos son de época. Psicosis y catatonia responden a la nosología psicoanalítica de los años treinta. No se trasladan como diagnóstico clínico de hoy.
  • No es licencia para diagnosticar. Manejar el criterio no autoriza a decretar quién está enfermo. Y prueba de la realidad no significa estar de acuerdo contigo: es distinguir fantasía de realidad, no adherirse a tu lectura de los hechos. Confundir ambas cosas convierte el criterio en un arma.
  • Atribuye con cuidado. Es una obra de divulgación: a Anna Freud le pertenece lo que el tomo le atribuye. El caso del pequeño Hans es de Sigmund Freud, releído aquí en clave de defensas, y la ambivalencia que sostiene el ascetismo es de Bleuler.
  • No es validación empírica. El propio tomo advierte que estas posiciones «se basan en estudios de casos individuales».

Cómo lo usamos al acompañar

Lo que sigue es traslado nuestro, no contenido del tomo.

Como regla de dos preguntas. Ante cualquier conducta que inquiete —control extremo, aislamiento, un cambio de rumbo repentino, un autocuidado que parece excesivo— nos sirve suspender la etiqueta y preguntar dos cosas en orden: ¿esta persona sigue distinguiendo lo que imagina de lo que ocurre?, ¿y queda algo suyo, o se está disolviendo en el papel que adoptó? Con dos respuestas afirmativas, lo que tienes delante suele ser un ensayo, no una enfermedad.

Para leer la cultura de una organización. Hay hábitos que la empresa premia sin mirarlos: la hiperproductividad, coleccionar cursos, estar disponible siempre. Vale la pena preguntar cuáles de ellos son plumas estilográficas, conductas socialmente impecables que dejan la angustia exactamente donde estaba. El indicador no es el resultado; es qué ocurre cuando la conducta se interrumpe un día.

Para hablar de disciplina sin demonizarla. Pensar en grado, no tipo permite trabajar el control, el rigor o el exceso de análisis sin convertirlos en defectos de carácter. A nadie se le pide que deje de ser disciplinado. Se le pregunta cuánto le cuesta soltarlo.

Acompañar bien empieza, muchas veces, por resistir la primera lectura. La conducta se ve; la función no. Y es la función la que decide de qué lado de esa frontera —que el propio tomo llama apenas definida— está la persona que tienes enfrente.

Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Anna Freud. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Anna Freud es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.

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