No es capricho, es una necesidad sin respuesta
9 de agosto de 2026
9 de agosto de 2026
Hay una persona que estorba. Interrumpe, se resiste al proceso, pregunta cosas fuera de lugar, o simplemente se apaga. La lectura fácil ya está hecha en la cabeza de todos: es su carácter, viene así, no le interesa. Y la lectura fácil clausura el asunto, porque contra el carácter no hay nada que hacer.
El material que sigue propone la lectura contraria, y es incómoda porque devuelve la pregunta al entorno. La conducta molesta como síntoma de una necesidad que nadie atendió, no como identidad.
El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Maria Montessori presenta el desarrollo humano no como acumulación uniforme sino como una secuencia de construcciones, cada una con su tiempo. Son cuatro planos que llegan hasta los veinticuatro años: «de los cero a los seis años: infancia y creación individual de la persona; de los seis a los 12: construcción de la inteligencia; de los 12 a los 18: adolescencia y construcción del yo social; de los 18 a los 24: edad adulta y construcción del yo consciente».
Vale detenerse en el dato antes de seguir, porque contradice el estereotipo: el modelo no termina en preescolar. Llega a la edad adulta.
Atravesando esos planos hay «periodos sensitivos», ventanas en las que «el niño muestra una sensibilidad extraordinaria para asimilar cierto tipo de material» y en las que, según el tomo, «se aprende todo cuanto se conservará en el transcurso de una vida». Fuera de la ventana, esos mismos contenidos «jamás podrán asimilarse con la misma intensidad».
El motor es interno. Una sensibilidad que emerge y orienta la atención, y que «explica por qué el niño parece interesado en algunas cosas y se muestra indiferente ante otras». El interés espontáneo deja de ser un capricho y pasa a ser información.
El recién nacido es, en la formulación del tomo, un «embrión espiritual»: igual que un embrión necesita un medio propicio, «el bebé requiere un entorno que lo acoja y le permita crecer sin mayores perturbaciones».
Los primeros tres años operan bajo la «mente absorbente», una absorción inconsciente y selectiva donde el aprendizaje «se identifica con la vida misma» —la lengua materna es el caso ejemplar—. Después, entre los tres y los seis, «la mente absorbente tiende a convertirse en una mente consciente» que necesita poner orden en la avalancha de impresiones acumuladas. «Aflora la mente matemática», dice el tomo.
Primero inmersión indiscriminada. Después estructuración consciente. En ese orden.
Cuando el medio no responde a la vida psíquica, el desarrollo «se inhibe o se detiene. Se crea entonces un estado de tensión que ha alterado la autenticidad y la creatividad originales». De ahí salen lo que el tomo llama desviaciones, y de ahí sale la frase que da vuelta a todo el asunto: «los caprichos son reacciones infantiles a las necesidades internas que siguen sin respuesta».
La reparación no pasa por corregir la conducta. Pasa por dar con el material adecuado, ante el cual ocurre «una suerte de "conversión" al concentrarse en su propio material». A eso el tomo lo llama normalización, y la define así: «el proceso por el cual ese ser caprichoso y desobediente se transforma en otro atento. Para conseguirlo solo hay que prestar atención a sus necesidades interiores».
Por eso la escuela deviene, en la imagen del tomo, «una "clínica didáctica"»: trata la causa ambiental en vez de castigar el síntoma. Y por eso la consigna educativa es que «la educación no debe basarse en un programa predeterminado, sino inspirarse ante todo en el conocimiento de la vida humana».
De las propuestas por etapa, la que más rinde fuera del aula es la del tercer plano. El tomo llama al adolescente un «neonato social»: alguien que está naciendo a un orden nuevo y que por eso es «frágil y necesita la misma atención y ayuda que se dedica a un bebé».
La respuesta concreta fue el proyecto Erdkinder: una granja gestionada por los propios estudiantes, con producción y comercio reales, buscando «la integración entre el conocimiento intelectual y la experiencia». No una simulación pedagógica: consecuencias económicas de verdad, a escala manejable.
Lo que sigue es traslado nuestro, declarado como analogía.
El neonato social, aplicado a quien acaba de cambiar de mundo. El emprendedor primerizo, el directivo recién ascendido, el técnico que hoy dirige a quienes eran sus pares. Están naciendo a un orden que no dominan, y su fragilidad es normal, no es falta de nivel. Tratarla como falta de nivel es la manera más eficiente de confirmarla.
Busca el material antes de juzgar la actitud. Frente al colaborador «problemático», la pregunta útil no es qué le pasa sino qué necesidad suya no está teniendo respuesta, y qué trabajo concreto lo concentraría. La concentración en algo propio es, en este material, lo que repara.
Forma en dos tiempos. Inmersión primero, ordenación consciente después. Casi todos los programas hacen lo contrario: arrancan con el marco teórico y dejan la experiencia para el final, cuando ya nadie tiene con qué llenarlo.
Y queda la hipótesis más interesante y la menos demostrada: que también en la vida adulta haya ventanas —una crisis, una transición, una pérdida— en las que ciertos aprendizajes prenden con una fuerza que no tienen en ningún otro momento. Si es así, buena parte del oficio de acompañar consiste en llegar cuando la ventana está abierta, y no seis meses después con el programa perfecto.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Maria Montessori. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Maria Montessori es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.
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